¿Y ahora qué hago? La respuesta larga la iremos contando aquí.
No es una pregunta de un día. Es una pregunta de varias temporadas.
La mayoría de las personas dedicadas al deporte de competición no se retiran de un día para otro. Dejan de competir poco a poco. Cambian el calendario, bajan la carga, se pierden un torneo, entrenan menos, hasta que un día se dan cuenta de que llevan meses sin hacer ninguna de las cosas que durante años fueron su trabajo. Y entremedias hay una zona gris en la que la pregunta ya está, aunque no se diga: ¿y ahora qué hago?
Aparece también antes. Con 22 años, cuando se intuye que no se va a llegar a profesional. Con 28, cuando la rodilla deja de aguantar lo mismo. Con 35, cuando lo que queda de carrera ya es contado y la pregunta empieza a impedir dormir bien las noches malas. No es una pregunta de un día. Es una pregunta de varias temporadas.
Lo difícil es que casi nadie tiene un espacio donde decirla en voz alta. El entorno deportivo — entrenadores, compañeros, federaciones, familia — está organizado para mirar adelante en clave de rendimiento. Hacer la pregunta dentro de ese entorno suena a debilidad. Y fuera de ese entorno, la pregunta no se entiende: los amigos que llevan años de oficina creen que se trata de “buscar trabajo”, como si dejar atrás diez, quince o veinte años de vida competitiva fuera comparable a cambiar de empresa.
No lo es. Y aceptar que no lo es es la primera parte del trabajo.
La pregunta, además, lleva varias dentro. Una es práctica: cómo se paga el alquiler el mes que viene, qué pasa con la mutua, qué se hace con los ahorros que tampoco son tantos. Otra es de identidad: si durante veinte años uno respondía “soy [tal deportista]” cuando le preguntaban a qué se dedicaba, ¿qué se responde ahora, mientras se está construyendo la siguiente cosa? Y otra es de orientación: sé hacer lo que sé hacer, pero no sé qué de lo que sé hacer le sirve a alguien fuera del deporte, ni cómo se cuenta.
Las tres suelen aparecer mezcladas y la tentación es responderlas a la vez. Es un error. Cada una tiene un ritmo distinto. La práctica admite plazo corto. La de identidad pide tiempo y, a veces, ayuda profesional. La de orientación es la más operativa: se trabaja con cuidado, con conversaciones concretas, con honestidad sobre qué encaja con qué.
Hay un par de cosas que casi nadie dice cuando llega esta etapa, y conviene escribirlas aquí.
No estás “empezando de cero”, aunque la sensación sea exactamente esa. Llevas mucho tiempo haciendo cosas que el mundo laboral valora — disciplina, gestión de la presión, hábito de medir, trabajar con personas exigentes, levantarse después de perder — y otras que valora menos pero que también cuentan. El problema no es que no tengas activo. Es que tu CV, leído por alguien que no ha competido nunca, no consigue dejarlo claro. El trabajo no es inventar experiencia; es traducirla.
Las prisas tampoco ayudan. La presión por “salir bien” del deporte — rápido, con un trabajo decente, sin que parezca que has caído — es una de las peores experiencias yo creo de esta etapa. Las decisiones que se toman desde ahí suelen ser malas: empleos que duran cuatro meses, formaciones que no encajan, mudanzas que se revierten al año. Si se puede, se planifica con tiempo. Si no se puede, se admite que el primer empleo después de competir no va a ser el último; puede ser un puente, no un destino. Y esto es importante entenderlo.
Hay gente que se dedica a esto. No mucha, no todavía. Pero existe. Y conviene saber distinguir a la que trabaja en serio de la que vende “transformación personal”. La señal más útil suele ser cómo te tratan en la primera conversación. Si te explican el modelo de negocio sin esquivar la pregunta, si te dicen lo que pueden hacer por ti y lo que no, y si no te prometen colocación garantizada, vas por buen camino. Si te tratan como un caso emocional al que hay que despertar la mentalidad de campeón, sales por donde has entrado. Así lo entiendo yo y así lo entendemos en Hueman.
Queda una cosa, y es la más incómoda: la transición la hace uno. Acompañar ayuda. Tener red ayuda. Tener una empresa que mira tu perfil con criterio ayuda mucho. Pero las decisiones — qué se acepta, qué se descarta, qué se estudia, qué se cuenta y qué no, en qué momento se firma — las tomas tú. Es una de las primeras veces, después de muchos años, en que no hay un equipo técnico decidiendo por ti. Eso descoloca al principio. Después se convierte, paradójicamente, en una de las cosas más valiosas de la nueva etapa.
¿Y ahora qué hago? La respuesta corta es que conviene empezar por darse permiso para no saberlo todavía, y mirar las tres preguntas — práctica, identidad, orientación — por separado, en su ritmo. La respuesta larga la iremos contando aquí.
— Luisma Valencia


